Leer atrapa, escribir libera

Para la RAE, leer es pasar la vista por lo escrito o impreso comprendiendo la significación de los caracteres empleados. Parece una definición de algo mecánico, simple y hasta trivial. Tan fría como la definición que la misma institución cultural le da a escribir, acción que describe como el representar palabras o ideas a través de letras u otros signos trazados en papel u otra superficie.

Científicamente, cuando leemos nuestro cerebro recrea o recuerda objetos que se asemejan a la descripción que acabamos de leer. La corteza visual se encarga de construir escenarios y las regiones motoras del cerebro comienzan a simular todo en tu cuerpo y cabeza. De manera que está comprobado que al leer experimentas miedo, risa, curiosidad, frío, calor, alegría o incluso más allá, puedes experimentar deseos urgentes de hacer cosas específicas, según lo que leas. Si lees sobre cocina, seguramente te darán ganas de cocinar o comer. Escribir también activa mecanismos neuronales en simultáneo que estimulan de manera positiva las zonas del cerebro que se encargan de la memoria y también aquellas que nos ayudan en temas de motricidad.

En la medicina, está comprobado que leer aumenta la esperanza de vida ya que reduce el estrés en un 68%, mucho más que escuchar música. Y básicamente el 60% de las enfermedades actuales está negativamente influenciadas por el estrés, que aumenta en un 50% las enfermedades cerebrovasculares y en un 40% las enfermedades coronarias.  También hay estudios muy serios que revelan que leer detiene el deterioro cognitivo que viene con los años, además mejora el sueño y aumenta el coeficiente intelectual. Escribir por su parte, también influye en la mejora sustancial de la salud mental. Los psicólogos han descubierto que escribir ayuda a dejar de fumar, eleva la autoestima, reduce el estrés también y mejora el ánimo. Todo esto contribuye el mejoramiento del sistema inmune.

Leer y escribir tienen miles de beneficios para la humanidad, desde el punto en que lo mires, sea científico, médico, académico o el que sea, son dos acciones vitales para una sociedad como esta. Y justamente tú, que sí lo estás haciendo en este momento y que ya llegaste a este punto de esta publicación, quiero invitarte a que continúes. Voy a contarte lo que leer un poco y escribir de vez en cuando, ha hecho en mí.

Leer y escribir: Sensaciones personales

El país y el entorno en el que nací, no son buenos para las actividades de leer y escribir. Mi generación tampoco es de aquellas que lo veían como una obligación, mi trabajo y mis gustos, que son cosas embebidas de padres, familiares o referentes que uno tiene cuando es niño, tampoco me llevan a ver la lectura y la escritura como algo vital. Definitivamente no soy un lector empedernido, ni soy un escritor como tal.

Con el tiempo, y lo entendí porque he podido mirar atrás en mi vida, sobre todo en épocas de mucho dolor, descubrí que por alguna razón aquellas canciones que todos escribimos de adolescentes, aquellas hojas de niño y aquellos artículos en los que nos creemos el más experimentado periodista o el mejor escritor están directamente relacionadas con momentos duros y difíciles. Como si escribir en cada uno de esos momentos hubiera servido para liberar palabras y sentimientos.

De hecho, así fue. Cada momento duro de mi vida está marcado por un impulso raro de querer escribir, de lo que sea, pero escribir. Cada momento obviamente cargado de experiencias, temas, contextos, personas, colores, lugares y sobre todo años diferentes. Algunas veces escribiendo mejor o peor, con buena o mala ortografía, en papel o en un blog, con argumentos, fuentes, datos o simplemente “maricadas” que se van olvidando, pero definitivamente liberando mi cabeza de cosas muy fuertes, como la pérdida de un papá o un hijo. Escribir libera y no es una conjetura, es una realidad, lo he comprobado

Dentro de este ejercicio de mirar hacia atrás y buscar alguna relación entre leer y escribir, y en qué momentos de la vida se me dio por hacerlo, encontré que escribir siempre fue un segundo paso. Hubo un impulso previo y más cercano al hecho doloroso que es el de leer. Hace días, una conversación con mi esposa me llevó a recordar cuántos y cuáles son los libros que he leído y claro, recorriendo esos títulos y momentos, descubrí que coincidían perfectamente con los arrebatos de escribir, que a su vez estaban muy ligados a hechos que marcaron mi vida. Exigí la memoria para recordar fechas y comprobé que antes de liberarme, siempre hice duelos y esos duelos vienen marcados de algún o algunos libros que me acompañaron, me aliviaron y me atraparon en otro mundo más tranquilo, en medio de un contexto real complejo.

Tal vez, la primera que vez que me refugié en un libro y transformé algunos sentimientos negativos en escritos (no necesariamente relacionados literalmente con esos sentimientos), mi cerebro y cuerpo entendieron que era un buen mecanismo de cura y sin forzar nada, cada vez que vuelven los malos ratos, ellos mismos se encargan de activar los impulsos de leer y escribir.

No es algo comprobable, pero siento que si. Lo digo porque entre arrebato y arrebato de leer y escribir, pasan en mí varios años, ya que no tengo una vida que sea de tragedias todos los días. Sin embargo, últimamente he tratado de adaptar esos impulsos a situaciones más casuales y no tan límites, incluso a sensaciones positivas y funciona de igual manera. Leer atrapa y escribir libera.

No quiero terminar diciéndote que salgas obligatoriamente a comprar un libro y que omitas la visita a un psicólogo si estás pasando por malos ratos. No tienes que leer 10 horas semanales para prolongar tu esperanza de vida como los tailandeses, escribir mil hojas no te va pagar las deudas, ni debes esperar que un libro te quite un dolor profundo… Pero si, que de vez en cuando intentes buscar en escribir o leer, algo que quizá no encuentras con otras soluciones.

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